Me encanta enseñarle a mis hijos a soñar con momentos simples: “cuando invitemos amigos”, “cuando tomemos el desayuno en la cocina”, “cuando hagamos un asado en la chimenea”.
Mis hijos conocieron y vivieron esta casa cuando vivían familiares en ella. Algunos la recuerdan más que otros y yo me encargo de mantener vivo ese recuerdo y de contarles miles de anécdotas que viví en esta casa. Suelo pararme en el mismo lugar donde las cosas ocurrieron y hacer que se las imaginen como si hubieran estado ahí.
Disfrutar y valorar los procesos es algo que está muy presente en nuestra familia. Soñar la casa, pensar cada rincón, imaginarnos en ella fue empezar a disfrutarla desde antes de que se haga realidad. Conocer, vincularnos y encariñarnos con quienes hicieron la obra fue entender que las cosas no son instantáneas; fue darle valor al tiempo.
Por eso, algo que hicimos antes de mudarnos fue generar momentos simples: un picnic en la obra, una pijamada con colchones en el piso, unos choripanes en la parrilla. Porque frenar, es mirar, es observar, es VALORAR.