Sentir tu casa

El “sentir” tiene que ver con una conexión, con la capacidad de poder experimentar sensaciones físicas o emociones. 

La “casa”, nuestra casa, es ese lugar que habitamos. Es esa construcción de la que no importa el tamaño, si son cuatro paredes o cientos de metros cuadrados; si es nuestra, si la alquilamos o si nos la prestaron; si te costó mucho esfuerzo tenerla o si fue un regalo. Y es  ese espacio que muchos añoran o sufren por no tener.

Conectar con el sentir que te despierta tu casa es vincularte con ella y valorarla. Y eso puede despertarnos muchas emociones: amor, contención, dolor, incomodidad, alegría, paz, tristeza, descanso, tensión, placer. Es esencial darle el espacio que corresponde a cada una de ellas para poder cambiar lo necesario y lograr que nuestra casa sea “un sistema de apoyo para nuestra vida”. 

Porque nuestras casas son el lugar donde pasamos gran parte del tiempo, donde muchos trabajamos, donde se crece, donde se comparte, donde se descansa para recargar energías. Donde no sólo se habita, sino que se vive.

Permitirme lo anterior no es algo que me pasó siempre ni que estuvo a lo largo de mi vida, sino que se hizo presente con la experiencia de restauración de la casa de mis bisabuelos, ahora mi casa, nuestra casa.  Ese lugar que me da paz, armonía, alegría, que me permite refugiarme cuando lo necesito y que se convirtió en disfrutable y funcional para las seis personas que vivimos en ella. 

Ayudar a otros a conectar con sus casas hoy es parte de mi vocación. 

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