Hay una sensación y varios sentimientos que empecé a experimentar a medida que mis hijos fueron creciendo y tomando cada vez más independencia.
Por un lado, somos una generación de padres presentes. Compartimos con nuestro hijos distintos programas, amigos, pijamadas, deportes, viajes. Pero a la vez sé que cierta distancia es necesaria, porque les da seguridad y los ayuda a crecer.
Empecé a darme cuenta que cuando los tengo a todos desparramados, necesito volver a tenerlos a “todos bajo el mismo techo”, en mis lugares, en mi casa. Es una sensación que me recuerda a cuando los tenía en la panza.
No sé si está bien o mal. Es hacer consciente algo que es parte de la vida, es procesar el crecimiento, es entender que son individuos diferentes y que tienen vida propia. Es como una aproximación al sentimiento del “nido vacío”, que seguramente alguna vez experimentaré como tal.